Blesa y sus gentes

Anécdotas de una emigrante blesina
en Zaragoza y Barcelona. Entrevista a Teresa Allueva

Teresa Allueva Muniesa nació en 1923. Proviene de una familia numerosa, es la quinta de 3 hermanos y 5 hermanas. Tras pasar toda su infancia, incluida la guerra civil, en su pueblo natal, Blesa (Teruel), decidió marcharse en cuanto volviesen sus hermanos del frente y pudiesen hacerse cargo de la casa. Ella emigró, primero a Zaragoza, pero poco después a Barcelona, donde sigue viviendo.
Aquí relatamos parte de los recuerdos que Teresa nos cuenta con vivacidad y entusiasmo, con anécdotas y valiosas reflexiones.

Con las fotos de sus familiares
Teresa en su casa de Blesa junto a retratos de padres y hermanos.
Verano 2006.

Escuchando las vivencias de Teresa ‘oímos’ también las de muchas otras personas que emigraron de sus pueblos en las primeras décadas de 1900 a las ciudades. Las anécdotas que nos contaba Teresa con detalle y sin ningún tapujo seguramente les ocurrieron de forma similar a tantísimas personas. Nos hemos animado a publicar este artículo porque sus peripecias reflejan las de mucha gente y son un auténtico testimonio histórico, el choque cultural de los jóvenes de pueblo que se sumergían de repente en un siglo y ambiente muy diferente al de sus localidades natales.

Unos pocos recuerdos de infancia

Teresa conserva bastantes recuerdos de su infancia, de la temprana muerte de su padre, de la guerra civil, pero para mostrar un poco cómo vivían los niños en el entorno rural contaremos dos de ellos.

La necesidad aguza el ingenio y muestra de la imaginación que gastaban los padres y niños en las épocas de necesidad y falta de otros materiales es cómo se fabricaban los propios juguetes. Las niñas hacían muñecas con 2 palos de sarmientos cruzados, con una cabeza de trapo, unos brazos con hilo. En los pueblos las llamaban moñas (muñecas). Este recuerdo contrasta con la cantidad de juguetes que reciben los niños hoy día y Teresa lo cuenta como impresionada por la gran diferencia que ve con sus sobrinos.

A Blesa en los años veinte y treinta también llegaban fruteros ambulantes. El dinero corría poco, así que los españoles del mundo rural utilizaban mucho el trueque de productos. Teresa nos recuerda que cambiaban naranjas por alpargatas viejas. A veces colaba alguna alpargata nueva de sus hermanos para comer naranjas. Cuando su madre descubría la falta, debía comprar alpargatas para el hermano (¡vaya negocio!) y le preguntaba a Teresa “¿Han venido a vender naranjas?” Aquellas naranjas ni siquiera eran como las actuales, se trataba de unas llamadas “sangre de caballo”, de jugo rojizo, agrias, malas. Pero aún así, a Teresa le parecían tan especiales que valía la pena arriesgarse un poco por ellas.

Emigrante en Zaragoza

Teresa emigró en primer lugar a Zaragoza. Fue a trabajar a casa de unos maestros que por ser republicanos estaban sin trabajo, para cuidar a la madre ciega de uno de ellos. En la posguerra aquellos maestros sólo obtenían algunos ingresos por dar clases particulares a gente simpatizante. En aquella casa se pasaba hambre, incluida Teresa que estaba llena de energía, crecía y necesitaba comer más. La señora de la casa guardaba todos los alimentos bajo llave, dejaba preparada la ración del día que Teresa debía elaborar y volvía a guardar el resto en aquel armario tan deseado... La comida habitual era arroz cocido con avecrem con lentejas sin aceite. Cuenta Teresa que en una ocasión, tras repartir las racioncillas de lentejas en los cuatro platos dejó un par de cucharaditas en la olla a escondidas para comerlas después cuando estuviera a solas en la cocina. Para disimular dejó la olla en la fregadera dentro de un cazo de agua, así que tambaleaba en él, como si estuviera vacío. La señora de la casa, no obstante, se dio cuenta que las raciones eran un poquito más escasas de lo habitual, así que con gran vergüenza para Teresa que ya se veía despedida se acercó a la olla y repartió lo que quedaba –eso sí, sin llamarle la atención a Teresa sino simplemente disimulando ‘vaya, si aún quedan unas pocas lentejas en la olla’-. Pasaba tanta hambre con esta familia que los mismos amos la llevaron al médico que le diagnosticó “que comiese” más.

Estos amos le facilitaron poder ir a servir a casa de los “chichorreros” donde se comía liviano (pulmón). (Un chichorrero es la persona que vende chichorros, o sea la piltrafa de carne o tocino, los desperdicios de vaca o carnero). Era una casa en la que había tres viviendas, ocupadas todas ellas por miembros de la misma familia, en la calle Las Armas 140 (cerca del Mercado Central). En Zaragoza también había dos compañeras de Blesa sirviendo en otras casas pobres y que, como Teresa, pasaban hambre. Ésta hizo todo lo posible hasta que las colocó en la casa de los chichorreros, en otros pisos de hermanas y madre de su jefe. Aparte de vivir más holgadamente las tres compañeras coincidían lavando en el lavadero del patio de la casa y se encontraron mucho más a gusto.

Teresa mandaba lo que podía a su familia en Blesa. Por ejemplo, les enviaba sebo, la grasa del tocino, para que la cocinaran. Pero como debían disimular el contenido del paquete para garantizar que llegara, compraba unas cajas que servían entonces como costurero y apretaba el sebo en el fondo. En aquel entonces hacía llegar los paquetes a través de los coches viajeros, los de Garaje Campos que daban servicio hasta Blesa. Su madre lo recibía y sacaba el tocino; pero cuando llegaba la caja a sus hermanas, que no sabían que dentro les enviaba este alimento, se le quejaban más tarde de que el costurero ¡siempre llega manchado!

Sirviendo en Barcelona

Poco después, siendo una joven muy vital y curiosa, con 17 o 18 años emigró a Barcelona, lugar donde sigue viviendo y que le encanta. Recuerda que antes de ir a Barcelona le decían que “de Barcelona al cielo”. Desde La Puebla de Híjar le costó llegar 12 o 14 horas, pero al ver la ciudad no le pareció nada bonita. Su madrina la esperó en una estación de tren que estaba toda oscura porque se ahorraba en luz en esa época. Tanta oscuridad no le pareció muy atractiva... Tardó un tiempo en acostumbrarse a esas avenidas y al tamaño de la ciudad.

Teresa considera que no hay muchos aragoneses en Barcelona y que abundaban mucho más andaluces y gallegos; al menos no coincidía con la gente de Blesa más que en ocasiones especiales como en entierros.

A los pocos días de su llegada se montó por primera vez en un tranvía para buscar trabajo en una casa en la que estaba sirviendo la mujer de un primo llamada Ascensión. La distancia que recorría el tranvía le parecía tan grande que comenzaba a sospechar que el conductor la estaba engañando, cuando le iba diciendo que todavía no se tenía que apear. Ya muy nerviosa se quitó un peso de encima cuando se montó un guardia, ya que le habían dicho que eran las únicas personas de las que se debía fiar en la gran ciudad. El guardia le indicó que, efectivamente, todavía faltaba más y más ciudad por recorrer...

Una vez llegó a la casa que buscaba, enfrente del hotel Ritz, en la barcelonesa Gran Vía nº 639, preguntó al conserje por la tal Ascensión. Conversaron un rato y al ser los dos aragoneses al conserje le cayó en gracia y la envió hacia arriba por el ascensor, en vez de indicarle las escaleras, que hubiera sido la entrada más indicada para una chica que busca trabajo en una casa. Era la primera vez que entraba en un ascensor, así que cuando llegó al piso en cuestión abrió la puerta de madera interior pero no se atrevió a abrir también la metálica, pensando que podía transmitir la electricidad y electrocutarse. Mientras, otras personas esperaban el ascensor y llamaban “¡Ascensor! ¡ascensor!” con los nervios ella lo interpretaba como “¡Ascensión! ¡Ascensión!”. Además, al oír las llamadas a Ascensión pensaba que ésta no se encontraba en casa, ya que nadie respondía y se encontraba en una situación bien embarazosa. La criada que la rescató de aquella ‘jaulica’ estaba bastante enfadada porque se encontró recibiendo a una chica de pueblo en vez de alguien más ’noble’ y se había ataviado con la cofia y delantal sin necesidad. Y Teresa..., Teresa estaba hecha un hatillo de nervios allá dentro. Ya en la casa cayó en gracia de todos, en parte debido a la inocencia que mostró con esta ‘brillante’ entrada. Después de ‘examinarla’ preparando unas tortillas la contrataron inmediatamente como asistenta de cocinera.

En esta casa vivía la familia Vidal Rivas que en la guerra había marchado a Italia pero que volvieron después y recuperaron su vivienda. La familia tenía 13 hijos de edades comprendidas entre los 4 y los 28 años. El señor de la casa era el presidente del Fútbol Club Barcelona y tenía varios negocios. En esta casa tan grande había cinco chicas de servicio: modista, planchadora, asistenta, camarera, y Teresa como asistenta de cocina. A pesar de que en esta casa no faltaba comida, las sirvientas comían platos diferentes que los padres y niños de la casa y, además, después de los señores. Por ejemplo, era muy difícil llegar a comer algo de roast-beef o alguna croqueta a pesar de que las cocinaba Teresa, ya que estaban contadas... La comida más frecuente para la servidumbre eran los huevos fritos. Teresa cocinaba en una cocina de carbón.

Ascensor de rejilla metálica en Barcelona
Ascensor antiguo en una casa de Barcelona.
Se observa la puerta exterior metálica y la interior de madera.
El que nos describe Teresa no debió ser muy diferente a este.

En esta casa estuvo sirviendo durante dos años y medio hasta que por problemas de gestión del dinero -llevaban tres o cuatro meses sin cobrar- y Teresa y la compañera Concha decidieron marchar. El padre de la casa desconocía estos problemas, causados por uno de los hijos que malgastaba mucho dinero, y sintió mucho la despedida de estas dos chicas, a las que no fue capaz de retener aún abonándoles lo pendiente.

Próxima parada profesional: la panadería

El siguiente empleo de Teresa fue trabajar en una panadería cerca de la Catedral. En ese barrio vivía mucha gente mayor cuyos hijos todavía no habían regresado de la guerra o salido de la prisión. Esta gente hablaba catalán y no sabían castellano. Le daba mucha pena como los policías les pegaban a veces, obligándoles a hablar en ‘cristiano’, refiriéndose al castellano, idioma que efectivamente no conocían. Por su parte, Teresa aprendió a hablar catalán en esta panadería.

La iniciativa privada se veía muy coartada. Siendo así, entre la gente se comentaba cuales eran los trabajos más lucrativos de la posguerra. Muchos consideraban que los oficios con que se ganaba más dinero en la época eran dispares: los drapaires (traperos), los carboneros (también vendían petróleo para cocinar, algo que hacía que la casa oliera muy mal) y los panaderos, que hacían negocio vendiendo pan blanco de estraperlo a la gente adinerada. Coincidía con que eran los negocios menos controlados y podían hacer algunos ‘trapicheos’ para ganarse la vida mejor.

Teresa entró a servir en la casa de los panaderos (los Vall) ayudando tanto a despachar pan como a la mujer (vivían dos niños, hijos del panadero que se había quedado viudo y que se había casado con la chica que estaba sirviendo para la familia). Esta panadería estaba entre la plaza de la Catedral y la calle Sacristans. El pan habitualmente puesto a la venta era el pan negro. Pero se podía conseguir harina blanca de estraperlo que traía la gente a escondidas. Los sacos de 100 kilos se pasaban a sacos de 20 kilos que se podían esconder con mayor rapidez en el piso de arriba. Así, cuando aparecían los inspectores la harina tenía que estar escondida en la escalera o en otra parte de la casa que no registraban; Teresa tuvo que hacer esto rápidamente varias veces para evitar multas al panadero.

En esta época de posguerra el pan estaba racionado dentro de tres categorías: barras de 100, 150 y 200 gramos. No obstante, a menudo, en vez de pesar 200 gramos las barras sólo pesaban 180 gramos. La picaresca estaba al orden del día. Algunos (pocos) clientes pedían que se les pesara y recibían ‘la torna’ para completar el peso correcto. Cada cartilla de racionamiento tenía un color diferente, según estas categorías. Es curioso que los ricos tenían derecho a menos pan que los pobres. Cada mañana los panaderos conseguían la harina que les correspondía con los cupones que mostraban en el gremio de panaderos dependiendo de las cartillas que llevaban el día anterior. A pesar de este control se hacían muchas trampas y como todo el mundo quería más pan se pedía abiertamente en la panadería, si bien con algo de discreción. Por ejemplo, el panadero hizo cartillas para toda la familia de Teresa, aunque algunos vivían en otros lugares, para poder fabricar más pan y poder vender más de forma ilegal. Teresa podía así pasarles pan a vecinos y amigos que necesitaban más. Todos los que podían compraban pan blanco de estraperlo (era ilegal producirlo, venderlo y comprarlo). Este pan o bien se consumía o bien se cambiaba por otros alimentos. No obstante, había que ser precavido porque los guardias podían parar a cualquier persona en la calle y comparar el pan que llevaban con las cartillas que también debían mostrar. Si tenían más pan de lo que les tocaba, los guardias se iban con ella a la panadería y multaban al panadero. A quien compraba no lo multaban. Como detalle curioso, Teresa cuenta como el panadero guardaba el cambio debajo de las sábanas. Ella iba a buscarlo cuando hacía falta para la tienda.

Otra anécdota le pasó a Teresa cuando la enviaron a cambiar dinero al hotel Ritz. Fue la primera vez que vio una puerta giratoria. Al no ver una puerta ‘normal’, ella le hacía al conserje gestos de “ábreme la puerta” y él simplemente le indicaba que pasara. Hasta que no vio a unos clientes pasar ¡no supo como entrar!

Los hijos del panadero eran futbolistas (uno jugaba en el Levante y el Español, el otro había jugado con los juveniles del Barça pero luego siguió en la panadería). Junto a ellos fue a ver partidos a menudo; iban en el coche del panadero. Recuerda que fueron a Zaragoza a ver uno y el Zaragoza paró un flequis (famoso chute) del jugador Kubala del Barcelona, cosa extraordinaria, ya que este futbolista era temido. Los compañeros de los hijos del panadero se extrañaron de la alegría de Teresa, pues pensaban que era del Barcelona, pero la entendieron bien en cuanto supieron que era aragonesa.

También tenían otras ventajas por regentar una tienda, como por ejemplo que les regalaban entradas para el cine siempre y cuando permitieran colgar carteles anunciándolo en el escaparate. En la época en la que vivió en la panadería iba casi cada día.

Pasó unos buenos años en compañía de esta familia; en esta panadería Teresa trabajó 13 años.

En contacto con Blesa

En esta época todas las hermanas y su madre vivían en Barcelona. Durante uno o dos años vivieron en una portería (de dos habitaciones) en la plaza Sagrada Familia nº 17 aunque muchas veces dormía en la panadería. Más adelante compraron un pisito en la calle Marina entre las calles Valencia y Mallorca. Ciertamente que cuando trabajaba en Barcelona ganaba más dinero que en Zaragoza.

En verano iban algunos días a Blesa a ver a los hermanos y demás familia y a estar en el pueblo para fiestas.

Dos negocios propios

En el año 1955, con 32 años, Teresa se hizo cargo de una lechería que se traspasaba en la calle Rogent, cerca de la Meridiana en el barrio del Clot. Estas lecherías, conocidas en Cataluña como granja catalana, eran establecimientos donde se servían bebidas o postres de distintos productos lácteos, y acudía la gente a desayunar o a merendar. El establecimiento de Teresa tenía ocho mesas y ofrecía leche, nata, yogures, mantequilla, ensaimadas, otra bollería y flanes; también vendían peladillas y caramelos. También en este negocio se hacían algunos trapicheos con las cartillas de racionamiento de la leche. Hacían constar que alimentaban a más para enviarles a familiares y vecinos necesitados. La leche la traían de una central lechera cada mañana a las 6. La compraba por 7 pesetas el litro y legalmente la tenía que vender a 4,5 pesetas. Para poder vivir de ‘este negocio’ tenía que aguar la leche. Había inspecciones semanales, en las que tomaban una muestra de leche, la precintaban delante de ella y le comunicaban el resultado más adelante. Si la muestra contenía demasiada agua tenía que pagar una multa. A pesar de que la mayoría de las veces los inspectores venían el mismo día de la semana y aproximadamente a la misma hora, se requería bastante picardía para saberles dar una muestra de leche sin aguar pero que a su vez los clientes no se dieran cuenta de que un día recibieran leche sin aguar y otros días diluida. Alguna vez era imposible de disimular. La leche la guardaba en recipientes metálicos en una cámara frigorífica especial. Los tiempos cambiaban y empezaban a verse en esta época botellas de leche de cristal de la marca Ram.

La nata la compraban en un fábrica o central lechera. La gente la comía con bollería para desayunar o para merendar. Teresa también compraba barras de unos dos kilos de mantequilla que cortaban en piezas de hasta sólo 30 gramos para gente con poco dinero. La mantequilla y la leche no estaban racionadas y la gente compraba las cantidades que querían –eso sí, a un precio marcado-.

Los yogures se vendían en envases de cristal (como los de la foto) que se devolvían reembolsando su precio y eran de la marca Danone que en sus inicios fue una empresa catalana. Los yogures eran un producto lácteo nuevo en España y Teresa recibió un premio de la empresa Danone por vender muchos.

Le ayudaban su madre y una hermana, Carmen. Cerraba a las 14 h y por la tarde tenían tiempo para pasear, ir al cine, etc.

mujeres trabajadoras
Teresa en su lechería, con otras tres mujeres blesinas. De izquierda a derecha, Carmen Arnal, Teresa Allueva, su hermana Carmen Allueva y su madre María Muniesa.
Fotografía 211 del archivo fotográfico de la Asociación El Hocino de Blesa.

No todo el mundo podía permitirse el acudir a tomarse algo a las lecherías. Teresa recuerda el caso de un hombre joven que empezó a pedir muchas cosas. Primero quería una taza de chocolate y 2 croissants, después un plato de nata con flan en medio con una ensaimada y para finalizar un café con leche con otro croissant. Cuando se estaba acabando el café con leche salió a la calle llamando “¡Pepe, Pepe!” y ¡marchó corriendo detrás de un Pepe que no existía! Este fue el único incidente que tuvo en la lechería. No hubo ningún atraco ni robo en todos estos años.

Tras unos siete u ocho años Teresa se cansó de este oficio, especialmente de tener que lavar los bidones metálicos de la leche con trisódico, un detergente muy agresivo.

Entonces abrió una tienda propia, el ‘Colmado Sanjurjo’ haciendo alusión al nombre de la calle (que actualmente se llama Pi i Margall nº 1, esquina con la calle Escorial, que ahora acoge la lencería ‘Manel’). Durante esta época hizo mucha relación con la gente del barrio. Cuenta que le quedaba muy poco tiempo de ocio porque abría a las 8 de la mañana y en el descanso del mediodía justo le daba tiempo a preparar la comida y de descansar un poco. Cerraban sobre las nueve de la noche. Recuerda que como había tanta confianza algunos vecinos le pedían a gritos desde el balcón cuando la veían cerrar el establecimiento: “Espera Teresa que ahora bajo”. Esto le fastidiaba bastante porque ya tenía ganas de cerrar y de ir al cine, al que solía ir cada día sobre las 10 de la noche –al cine de las ‘porteras’ llamado así porque ellas cerraban a esa hora-. Iba muy a menudo al cine con alguna vecina que también tenía tienda, porque seguían dándoles entradas por colgar los carteles anunciadores.

La administración de posguerra quería controlar todo, hasta límites insospechados. Seguía habiendo muchos controles y Teresa recuerda como continuamente temían las multas. Por ejemplo, todos los productos incluyendo hasta la más pequeña lata de conserva debían estar etiquetados con su precio. Alguna vez tuvo que pagar multas un tanto ridículas porque se había caído la etiquetita del precio, que perdían su poder adhesivo aunque estaba allá mismo, o porque había incrementado el precio en un céntimo más de lo permitido. Aparte de desagradables estas multas también eran temidas porque ponían en peligro la rentabilidad del negocio.

Nos cuenta Teresa que en una ocasión quería pintar la persiana exterior para lucir la tienda durante las fiestas del barrio de Gracia. Como la economía apretaba, había que intentar ahorrar en todo. Teresa no pidió permiso para ¡pintar su propia persiana! que le iba a pintar de color plateado un cuñado suyo. Vinieron unos guardias y le pidieron el correspondiente permiso. Ella mentía a ver si colaba diciendo que “en fiestas creía que no hacía falta pedirlo...”. Lo malo fue que al cuñado le habían preguntado justo antes de entrar a la tienda y éste les había contestado otra cosa. Los guardias sabían que les engañaba, pero con la excusa de que ella y uno de los guardias provenía de Aragón se lo dejó pasar. Así, con un poco de simpatía y ofreciendo alguna cerveza gratis al inspector se podía obviar alguna de estas multas.

En esta tienda Teresa también nos recuerda que tuvo un pequeño incidente con una mujer que no le pagó. En este caso le iba pidiendo poco de cada cosa: un cuarto de galletas, dos botes de tomate, uno de melocotón, 50 gramos de café que molía allí mismo, 25 gramos de torrefacto (le daba color y amargor al café), un litro de aceite, 2 kilos de patatas, etc. Como normalmente la gente compraba poco cada día, a Teresa ya le parecía que había gato encerrado y mientras despachaba pensaba: “¡Ya tengo otro Pepe aquí!” Efectivamente, mientras Teresa hacía la cuenta, la mujer salió corriendo y no pagó.

Regentó el colmado durante unos 12 años. Decidió cerrarlo por resultar ser un trabajo demasiado penoso y poco rentable (menos que la lechería) y sobre todo porque empezaba a tener problemas de salud, dolores en los huesos, lumbago. Los vecinos lo sintieron porque apreciaban mucho Teresa. Al cerrar, los vecinos le compraron casi todas las existencias que le quedaban en la tienda.

Por casualidad, sin buscarlo, la contrataron a los 53 años en la casa de muebles y decoración Valentí, detrás de la casa de la Pedrera, en la calle Provenza. Allí se encargaba de los objetos de decoración, especialmente de los de plata que mantenía brillantes y bien colocados. Teresa mantiene también un buen recuerdo de esta última época profesional, con unos dueños muy amables y correctos.

Actualmente Teresa sigue viviendo en Barcelona, donde pasa el invierno muy a gusto pero añorando su pueblo. En Blesa, donde pasa el verano y un poco más, se siente en casa ¡si bien también se siente barcelonesa!

Teresa reflexiona acerca de que su familia no tuvo mucha suerte en cuanto a prosperar económicamente, pero que sigue siendo una familia muy unida. Y Teresa valora esto muy especialmente y cree que es más importante que tener otro tipo de éxitos.

Casa Valentí, donde trabajó nuestra protagonista
La casa Valentí, en la calle Provenza de Barcelona donde Teresa trabajó los últimos años antes de jubilarse.

Contando los detalles de la época en la que pasó penurias, ella misma describe lo mucho que ha cambiado la sociedad y como ahora disponemos de todo y en abundancia y como no valoramos esta prosperidad. Reconoce que le gusta comer y disfrutar de la variedad de alimentos que ahora encontramos. Ya lo pasó suficientemente justo en aquella época ¡como para ahora ahorrar en comida! Es admirable la vitalidad que tiene Teresa.
¡Muchas gracias por explicarnos todo esto, Teresa!

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